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La pistola al cuello - Fernando Villegas

Enviado por Cristian Baros G el 15/03/2010 a las 17:50
Cristian Baros G

 

 

 

Lamentablemente es verdad aunque nos duele aceptarlo!

 La pistola al cuello-FernandoVillegas

El terremoto del sábado ha sido un evento devastador, pero
también  revelador. Ha sacado a la luz debilidades  acumuladas a lo largo de años en el completo edificio de nuestra sociedad, frutos venenosos de  políticas -públicas y privadas- y de procesos sociales cuyas semillas se  sembraron a partir de 1973, se abonaron en los años sucesivos y se regaron  generosamente desde 1990. El resultado es una mezcla  explosiva de aspiraciones adquisitivas con una distribución del ingreso  que impide a muchos satisfacerlas y de dos generaciones de chilenos  pobres -padres entre 25 y 40 años, hijos de entre 10 y 20- criados casi sin  control parental ni escolar. A ese combustible se agrega como     comburente       la             hegemonía   ideológica de las doctrinas acerca de los derechos humanos, las   cuales en muchos casos -legales, judiciales, etc- han sido llevadas a tales extremos  de lenidad y obsecuencia, que entorpecen gravemente la determinación o  voluntad del Estado para preservar el orden público.
 De esto último han sido muestra los saqueos masivos. Para describirlos, la  autoridad ha usado un lenguaje eufemístico hablando de "delincuentes" y de "lumpen". Eso de por sí ya sería bastante malo, pero los videos y fotografías revelan algo aun peor: protagonistas han sido
 también y en número abrumador, gente común y corriente, la clase de personas con las cuales usted puede toparse en su oficina o en el bus. En una sociedad sana, el pillaje queda reducido a la acción de delincuentes y también de los ciudadanos más marginales; una sociedad enferma, en
 cambio, revela lo que vimos, a saber, no sólo que dichos delincuentes y
 vándalos son legión, sino que también hay cero autocontrol por parte de muchos
 ciudadanos y cero eficacia de la fuerza policial para controlarlos por mera
 presencia.
 ¿De qué extrañarse respecto a esto último? Por 20 años
 la Concertación no hizo sino debilitar el concepto mismo de "orden
 público", expresión que a oídos de su gente suena a cavernaria opresión "del
 pueblo". Todo acto de autoridad rigurosa se convirtió, en ese período, en
 tabú. En el colegio se deterioró la autoridad de profesores y directores, quienes
 quedaron a merced de un alumnado dotado de infinitos derechos; en la calle se
 acusó una y otra vez a la fuerza pública de "excesos", tanto en
 tribunales como en la prensa, cada vez que encaró con decisión ataques incluso letales
 contra sus miembros; en el discurso de muchos se legitimó abierta o
 tácitamente a los "combatientes" con tal que dijeran representar
 una causa justa; en la
 justicia se trató con lenidad a asesinos políticos si
 acaso su background era "la lucha contra la dictadura"; en fin,
 siempre hubo razones para justificar la conducta antisocial haciendo de sus hechores
 víctimas inocentes "del sistema".
 ¿A qué asombrarse entonces que grupos masivos de
 ciudadanos se crean hoy con derecho al pillaje si se da la oportunidad? ¿De qué
 pasmarse ante el infantilismo, convertido rápidamente en agresión, con que
 algunos piden "soluciones" en cinco minutos puesto que fueron
 criados bajo la doctrina del Estado paternalista, único salvador y defensor de los
 pobres, como todavía se dijo en la reciente campaña presidencial? Por eso la
 imagen del carabinero poniendo una pistola en el cuello de uno de los
 miserables entregados al pillaje es una notable excepción, pero
 también una muestra de hasta dónde es preciso llegar cuando métodos menos
 elocuentes ya no hacen mella. Y es una valiente excepción, porque hace ya mucho
 tiempo que el carabinero teme siquiera levantar la voz, no sea que le
 abran un sumario, se le eche del servicio y se le lleve a juicio. De eso es muy
 consciente la inmensa cantidad de ciudadanos resentidos, frustrados y
 llenos de instintos destructivos y depredadores que ha criado el sistema por
 las razones expuestas más arriba. Se sienten con esa sensación de
 derecho a cometer delitos que otorga la impunidad. ¿"Por qué yo
 no", dijo una mujer que se llevaba objetos robados de una tienda, "si lo hacen
 todos? Y pudo haber agregado: "y nada nos va a pasar porque somos el
 pueblo". De ahí que sea la sociedad, no ese punga, quien está hoy con la pistola al
 cuello. Y que, en la hora mona, deba sacarse al Ejército a la calle.

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