Lamentablemente es verdad aunque nos duele aceptarlo!
La pistola al cuello-FernandoVillegas
El terremoto del sábado ha sido un evento devastador, pero
también revelador. Ha sacado a la luz debilidades acumuladas a lo largo de años en el completo edificio de nuestra sociedad, frutos venenosos de políticas -públicas y privadas- y de procesos sociales cuyas semillas se sembraron a partir de 1973, se abonaron en los años sucesivos y se regaron generosamente desde 1990. El resultado es una mezcla explosiva de aspiraciones adquisitivas con una distribución del ingreso que impide a muchos satisfacerlas y de dos generaciones de chilenos pobres -padres entre 25 y 40 años, hijos de entre 10 y 20- criados casi sin control parental ni escolar. A ese combustible se agrega como comburente la hegemonía ideológica de las doctrinas acerca de los derechos humanos, las cuales en muchos casos -legales, judiciales, etc- han sido llevadas a tales extremos de lenidad y obsecuencia, que entorpecen gravemente la determinación o voluntad del Estado para preservar el orden público.
De esto último han sido muestra los saqueos masivos. Para describirlos, la autoridad ha usado un lenguaje eufemístico hablando de "delincuentes" y de "lumpen". Eso de por sí ya sería bastante malo, pero los videos y fotografías revelan algo aun peor: protagonistas han sido
también y en número abrumador, gente común y corriente, la clase de personas con las cuales usted puede toparse en su oficina o en el bus. En una sociedad sana, el pillaje queda reducido a la acción de delincuentes y también de los ciudadanos más marginales; una sociedad enferma, en
cambio, revela lo que vimos, a saber, no sólo que dichos delincuentes y
vándalos son legión, sino que también hay cero autocontrol por parte de muchos
ciudadanos y cero eficacia de la fuerza policial para controlarlos por mera
presencia.
¿De qué extrañarse respecto a esto último? Por 20 años
la Concertación no hizo sino debilitar el concepto mismo de "orden
público", expresión que a oídos de su gente suena a cavernaria opresión "del
pueblo". Todo acto de autoridad rigurosa se convirtió, en ese período, en
tabú. En el colegio se deterioró la autoridad de profesores y directores, quienes
quedaron a merced de un alumnado dotado de infinitos derechos; en la calle se
acusó una y otra vez a la fuerza pública de "excesos", tanto en
tribunales como en la prensa, cada vez que encaró con decisión ataques incluso letales
contra sus miembros; en el discurso de muchos se legitimó abierta o
tácitamente a los "combatientes" con tal que dijeran representar
una causa justa; en la
justicia se trató con lenidad a asesinos políticos si
acaso su background era "la lucha contra la dictadura"; en fin,
siempre hubo razones para justificar la conducta antisocial haciendo de sus hechores
víctimas inocentes "del sistema".
¿A qué asombrarse entonces que grupos masivos de
ciudadanos se crean hoy con derecho al pillaje si se da la oportunidad? ¿De qué
pasmarse ante el infantilismo, convertido rápidamente en agresión, con que
algunos piden "soluciones" en cinco minutos puesto que fueron
criados bajo la doctrina del Estado paternalista, único salvador y defensor de los
pobres, como todavía se dijo en la reciente campaña presidencial? Por eso la
imagen del carabinero poniendo una pistola en el cuello de uno de los
miserables entregados al pillaje es una notable excepción, pero
también una muestra de hasta dónde es preciso llegar cuando métodos menos
elocuentes ya no hacen mella. Y es una valiente excepción, porque hace ya mucho
tiempo que el carabinero teme siquiera levantar la voz, no sea que le
abran un sumario, se le eche del servicio y se le lleve a juicio. De eso es muy
consciente la inmensa cantidad de ciudadanos resentidos, frustrados y
llenos de instintos destructivos y depredadores que ha criado el sistema por
las razones expuestas más arriba. Se sienten con esa sensación de
derecho a cometer delitos que otorga la impunidad. ¿"Por qué yo
no", dijo una mujer que se llevaba objetos robados de una tienda, "si lo hacen
todos? Y pudo haber agregado: "y nada nos va a pasar porque somos el
pueblo". De ahí que sea la sociedad, no ese punga, quien está hoy con la pistola al
cuello. Y que, en la hora mona, deba sacarse al Ejército a la calle.



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